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La Estación Espacial Internacional va a ser el centro de atención de los human spaceflight o viajes espaciales tripulados durante los próximos 20 años. Pero ¿qué vendrá después?

Un universo entero a la espera de ser descubierto

Hay todo un universo que espera ser descubierto: los astronautas que vuelan a bordo de la Estación Espacial, en órbita a 400 km de altura, apenas han hecho sino dar el primer paso en la inmensidad de los confines espaciales. En este momento, la ESA y otras agencias espaciales realizan una planificación meticulosa de lo que a largo plazo podrían ser los viajes tripulados que exploraran lugares más apartados dentro del Sistema Solar.

¿Por dónde empezar? Si el espacio fuera un océano, la Luna sería la isla más cercana. La última vez que tuvo visitantes humanos fue en diciembre de 1972, cuando los últimos astronautas americanos de la misión Apollo regresaron de su periplo a los altiplanos lunares. No obstante, eso no quiere decir que los científicos del espacio hayan hecho caso omiso de la Luna durante los últimos treinta años. Muy al contrario, una serie de sondas espaciales lanzadas durante la década de 1990 nos han enviado información que conseguirá que las futuras misiones tripuladas sean a un tiempo más fáciles y más útiles.

Concepción artística de una base lunar

La posibilidad más fascinante es que en la superficie desprovista de atmósfera y aparentemente desértica de la Luna exista agua congelada, especialmente en las sombras permanentes de los profundos cráteres situados cerca de los polos lunares. El agua sería probablemente un vestigio de los impactos de los cometas, hace millones de años, lo que desde un punto de vista científico resulta sumamente interesante. Los cometas están compuestos de la materia original que conformó el Sistema Solar, hace casi cinco mil millones de años. Sería magnífico encontrar una muestra de esa materia a tan poca distancia de nuestro planeta.

El agua podría abrir igualmente la posibilidad de una base lunar. Los astronautas podrían utilizar la energía solar para convertirla en oxígeno e incluso en combustible para los cohetes. Como mínimo, el agua de la luna reduciría enormemente la necesidad de transportarla desde la Tierra.

  

 
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